Vivo en un piso con una de esas ventanas que los arquitectos modernos adoran y los que vivimos dentro, a veces, sufrimos en silencio. Es un ventanal enorme en el salón, orientado al oeste, que me regala unas vistas espectaculares de Praia América y las Cíes al fondo. Un auténtico lujo. Pero a partir de las cinco de la tarde, sobre todo en verano, ese lujo se convertía en un horno. El sol se clavaba en el salón con una fuerza que desteñía el sofá y hacía imposible ver la televisión o simplemente estar a gusto.
Mi primera idea fue la de siempre: ir a una de esas grandes superficies de bricolaje en los alrededores de Vigo. Pasé una mañana entera perdido entre pasillos de estores enrollables con medidas estándar que, por supuesto, no encajaban en mi ventana. O me quedaba corto, o me sobraba un palmo. Las opciones de tejido eran limitadas y todo tenía un aire impersonal, de solución rápida pero insatisfactoria. Salí de allí con las manos vacías y la misma cantidad de sol entrando por mi ventana.
La solución, como suele pasar en el Val Miñor, no estaba en un polígono industrial, sino a pie de calle. Preguntando a un vecino, me dio el nombre de una pequeña tienda de decoración de aquí, donde podría encontrar estores a medida en Nigrán. Un negocio familiar, de los de toda la vida. Entrar por la puerta ya fue diferente. No había prisa, no había pasillos interminables. Me atendió la dueña, una mujer que con solo describirle mi problema, ya sabía exactamente lo que necesitaba.
No me habló de medidas, sino de soluciones. Me enseñó un catálogo de tejidos «screen» con distintos grados de apertura. «Con este», me explicó mostrándome una muestra, «filtras el 95% de los rayos UV y el calor, pero no pierdes la vista. Seguirás viendo el mar, pero de una forma más tamizada, más agradable». Eso era exactamente lo que quería.
Vino ella misma a casa a la tarde siguiente, con su metro láser y su muestrario. Tomó las medidas con una precisión milimétrica, me aconsejó sobre el color que mejor iría con mis muebles y en menos de quince minutos, el encargo estaba hecho. Una semana después, vinieron a instalarlo. Sin ruido, sin suciedad.
Ahora, cuando llega la tarde, con un simple gesto bajo el estor. La luz brutal se transforma en un resplandor suave y dorado que inunda la estancia de calma. Puedo ver la silueta de las Cíes a través del tejido, el sol poniéndose sobre el mar, pero sin su agresión. No compré un simple estor; invertí en convertir mi salón en un hogar. Y esa solución, ese traje a medida para mi ventana, la encontré aquí mismo, en Nigrán.