El preludio del paraíso

Siempre he creído que la magia de las Islas Cíes no comienza al pisar la finísima arena blanca de la playa de Rodas, sino mucho antes. Empieza con esa mezcla de nervios y emoción cuando planificas la escapada y, sobre todo, en el momento exacto en el que te diriges al puerto. Al vivir tan cerca de la ría, a veces doy por sentado el proceso, pero recuerdo perfectamente la primera vez que tuve que averiguar donde se coje el barco para las islas cíes, paraíso gallego particular.

Lo primero que aprendí —y que siempre advierto a quien me pregunta— es que no puedes simplemente presentarte en el muelle con la toalla al hombro. Antes de siquiera pensar en el barco, hay un trámite ineludible: solicitar la autorización de la Xunta de Galicia. Las Cíes son un Parque Nacional protegido y el cupo diario de visitantes es estrictamente limitado. Una vez que tuve ese preciado código QR en mi teléfono, supe que la aventura era oficial. Con el permiso asegurado, el siguiente paso fue comprar el billete en alguna de las navieras habituales, como Mar de Ons o Piratas de Nabia.

El día del viaje, me dirigí con tiempo hacia la Estación Marítima de Vigo. Sé que también hay salidas desde Cangas o Baiona, pero partir desde el corazón de la ciudad tiene un encanto especial. Caminar por la zona de As Avenidas, con la brisa salada del Atlántico golpeándome suavemente la cara y el sonido de las gaviotas de fondo, es el preámbulo perfecto. Al llegar al emblemático edificio de la estación, justo al lado del centro comercial A Laxe, el ambiente vacacional ya te envuelve por completo. Te cruzas con decenas de mochilas, neveras portátiles, sombrillas y gente que comparte tu misma sonrisa de anticipación.

Me acerqué a las taquillas de la naviera para canjear mi localizador por el billete físico, un paso que siempre recomiendan hacer con al menos treinta minutos de antelación para evitar sustos de última hora. Después, me uní a la fila en el muelle. Ver atracar al gran catamarán siempre tiene algo de emocionante. La tripulación, ágil y acostumbrada al trajín diario del verano, nos dio la bienvenida a bordo. Busqué rápidamente un asiento en la cubierta superior; si el tiempo acompaña, no hay mejor lugar para disfrutar de la travesía.

Cuando soltamos amarras y el motor rugió, dejando atrás la silueta vibrante del puerto, sentí una inconfundible sensación de desconexión. La travesía en sí misma es un espectáculo. Durante los tres cuartos de hora que dura el trayecto, me dediqué a observar las tradicionales bateas salpicando el agua azul y a sentir el viento fresco del mar. Navegar por las aguas protectoras de la ría es la transición perfecta hacia la paz absoluta, hasta que, finalmente, las majestuosas siluetas de las islas se dibujan nítidamente en el horizonte.