La guardia permanente

Hay pocas cosas que generen más impotencia y estrés que una urgencia médica de madrugada. Ese momento exacto en el que el termómetro de repente marca un par de grados de más, o un dolor de estómago inoportuno decide instalarse justo cuando la ciudad entera duerme profundamente. Hasta hace muy poco, enfrentarse a una situación así en nuestro barrio significaba tener que coger el coche, revisar la lista del colegio oficial en el móvil a toda prisa, adentrarse en la noche santiaguesa y cruzar los dedos para que la farmacia de guardia de turno no estuviera en la otra punta de la ciudad. Sin embargo, hace apenas un par de semanas todo eso cambió. Ha abierto una nueva farmacia 24 horas en Santiago de Compostela a escasos cinco minutos caminando desde la puerta de mi casa, y debo admitir que su inconfundible cruz verde de neón se ha convertido, de la noche a la mañana, en el faro más tranquilizador de todo el vecindario.

Santiago de Compostela tiene esa dualidad tan mágica y suya: de día es una ciudad vibrante, llena de vida, estudiantes y peregrinos que inundan el casco histórico y el Ensanche; pero de noche, sobre todo cuando cae esa fina lluvia compostelana que parece empaparlo todo de melancolía, las calles de piedra se vacían por completo y el silencio se vuelve denso y absoluto. En esas noches cerradas de invierno, donde el frío se te cala en los huesos, saber que tienes un establecimiento sanitario con las puertas abiertas a la vuelta de la esquina, proyectando su luz sobre la acera a cualquier hora de la madrugada, aporta una paz mental verdaderamente invaluable.

El local que han inaugurado no es la típica botica pequeña, abigarrada y de techos bajos. Han reformado por completo un bajo comercial inmenso que llevaba meses acumulando polvo y carteles de «se alquila», convirtiéndolo en un espacio sumamente amplio, moderno y diáfano. La primera vez que entré —hace un par de noches, para comprar algo tan mundano como unas pastillas para la garganta— me sorprendió la luz blanca y limpia que lo inunda todo. Es un contraste brutal con la oscuridad exterior de la calle. Las estanterías están perfectamente ordenadas, abarcando desde los clásicos de parafarmacia hasta productos muy específicos, todo con un diseño funcional que invita a recorrer los pasillos sin esa sensación de urgencia clínica.

Pero más allá de la estética o del amplio catálogo, lo que realmente marca la diferencia es el equipo humano. En esa primera visita, el farmacéutico que me atendió detrás del mostrador transmitía esa mezcla perfecta entre empatía y rigor profesional. A las dos de la mañana, cuando uno suele acudir con ojeras, arrastrando los pies y con la preocupación asomando en la mirada, que te reciban con una actitud amable y te asesoren con total paciencia es algo que se agradece profundamente. Te hace sentir que no estás solo frente al imprevisto.

La apertura ha sido el gran tema de conversación recurrente esta semana cuando me cruzo con los vecinos en el portal o en la cafetería de abajo. Todos coincidimos exactamente en lo mismo: era una carencia de esta zona y un servicio absolutamente necesario. Ahora, cada vez que vuelvo tarde a casa y veo el reflejo de esa cruz verde parpadeando sobre el asfalto mojado, sonrío. Es solo una farmacia, sí, pero representa la inmensa tranquilidad de saber que, pase lo que pase en medio de la noche, la solución está a un breve paseo de distancia.