Que las nuevas tecnologías han revolucionado las telecomunicaciones y el entretenimiento es una realidad. Pero los teléfonos, wearables y relojes inteligentes también han supuesto una mejora en términos de seguridad y bienestar personal. Por ejemplo, un reloj que avisa al 112 cuando detecta caídas u otros accidentes, puede agilizar el tiempo de respuesta de los servicios de emergencia, contribuyendo así a salvar vidas.
Gracias a sus sensores inerciales, algoritmos y sistemas de comunicación, los dispositivos smart se han convertido en un aliado de ancianos, embarazadas y otros colectivos vulnerables. Pero ¿cómo lo consiguen?, ¿cuál es su funcionamiento?
Para diferenciar impactos, tropiezos y otros percances de las acciones normales del usuario, estos productos incorporan un acelerómetro. Este sensor es capaz de reconocer cualquier alteración brusca en la velocidad de un objeto debida al movimiento o la gravedad. Su información se combina con los datos recogidos por un giroscopio, sistema que responde a cambios en la orientación del cuerpo humano de acuerdo con el principio de conservación del momento angular.
Por sí mismos, los acelerómetros y giroscopios no pueden hacer gran cosa. El uso de algoritmos es necesario para analizar variables como la fuerza del impacto, la trayectoria del movimiento o la velocidad de la aceleración. Con ello, logran diferenciar un resbalón en la ducha con la acción de dejarse caer en la cama.
Para minimizar los falsos avisos, suele utilizarse una confirmación de inactividad, pantalla que se muestra cuando el software detecta cualquier anomalía. Su duración, de quince a sesenta segundos, varía dependiendo del producto y de su programación.
Pasado este tiempo, el sistema activa un protocolo de emergencia, consistente en una alerta acústica que se acompaña de mensajes textuales que intentan comprobar el estado del usuario. Seguidamente, se efectúa una llamada al teléfono de emergencias de la Unión Europea, informando del suceso de forma automática.